LO SORPRENDENTE ES QUE SE SORPRENDAN

Cualquier dirigente político, cualquier gestor de una organización, ya sea un país, una ciudad o simplemente una empresa, grande o pequeña, puede tener que enfrentarse a las consecuencias de un hecho fortuito y sorprendente.

Si se produce un terremoto, una erupción volcánica, un tsunami, un huracán o una inundación, si cae un meteorito o un avión, si se sufre un incendio o cualquier otra desgracia, en general estaremos ante casos fortuitos, todos ellos posibles, pero más o menos improbables. Cabrá en estos casos discutir si se podían haber previsto tales hechos, si se podían  haber adoptado las medidas oportunas con antelación para minimizar sus consecuencias, o si se hizo todo lo necesario en su momento para convertirlos en lo más improbables posible, pero por definición son hechos sobre los que no se tiene control, suceden de forma accidental y, en muchos casos, no se puede hacer absolutamente nada que permita evitarlos.

Cuando uno de estos hechos sucede, la reacción de todos, desde los máximos responsables de la organización afectada, hasta la última víctima, es de sorpresa, y aunque cuanta mayor es la responsabilidad dentro de la organización menos justificada está la sorpresa, todos, hasta el máximo responsable se muestran igual de sorprendidos.

Pero cuando hablamos de la crisis en la que estamos inmersos, lo sorprendente es que se sorprenda, y lo único que resulta sorprendente de la misma es la cara de sorpresa que ponen los dirigentes políticos y económicos. Es sorprendente que líderes comunitarios, del gobierno español y de los autonómicos, de las administraciones locales y de entidades financieras nacionales y extranjeras, pongan esta cara de sorpresa, como si la crisis que vivimos fuera algo inesperado, algo caído del cielo de forma absolutamente imprevisible, como si fuera algo en lo que además ellos no tienen nada que ver. Realmente sorprende que se sorprendan. Más aún cuando todos estos insignes sorprendidos son los responsables directos de la situación.

El profesor Santiago Niño Becerra, mantiene que la crisis que sufrimos es el resultado natural e inevitable del sistema económico vigente, consustancial a su propia naturaleza y evolución, algo tan inherente al mismo como la humedad al agua o la quemadura al fuego, y que sin el endeudamiento público y privado que la ha provocado no se hubieran conseguido los niveles de crecimiento económico alcanzados, como si crecimiento y crisis se compensaran de forma natural.

No es de los que se sorprenden y aunque sus opiniones me merecen la mayor consideración, a este respecto debo discrepar. Crecer a base de endeudamiento no es sólo arriesgado, si no que generalmente es suicida; porque al igual que una empresa no puede crecer en un porcentaje superior al del rendimiento de sus recursos propios sin endeudarse, sin asumir grandes riesgos, un sistema económico se enfrenta a una limitación similar, y crecer a base de un endeudamiento desaforado, sin límite ni planificación,  es una mera ficción de crecimiento, y por lo tanto no puede considerarse el crecimiento económico alcanzado como una contrapartida razonable a la situación actual de crisis.

No hace falta ser un ministro, ni un catedrático, ni tener un master ni una licenciatura, para ver que lo que no puede ser no puede ser y además es imposible. Cualquier persona con dos dedos de frente, con un mínimo de sentido común, cualquiera de nuestros abuelos menos formados, tenía muy claro que cuando se gasta más de lo que se tiene, que cuando uno se endeuda por encima de su capacidad de generar recursos, que cuando se construyen castillos en el aire, indefectiblemente el resultado es la ruina. No hay ingeniería financiera (en lugar de ingeniería sería más correcto hablar de la más chapucera fontanería), que pueda desmentir esta realidad.

Pero lo cierto es que mientras duró esta especie de gigantesca pelota, de pirámide, o como se prefiera llamarlo, se lucraron como nunca los que hoy se muestran tan sorprendidos, los que envueltos en la autosuficiencia y la prepotencia hicieron oídos sordos a las mil voces que clamaban avisando del desaguisado. Los promotores ganaban, los bancos ganaban, sus directivos ganaban, ganaban los ayuntamientos, ganaban los notarios, ganaba Hacienda, más que nadie, y también ganaron muchas personas, pero perdieron muchas más.

Por ello lo sorprendente es que se sorprendan, o puede que lo que me sorprenda sea que tengan el cínico atrevimiento de hacerse los sorprendidos.

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