BIENVENIDOS A LA EDAD MEDIA:

La Edad Media, fue una  época convulsa, de cambios radicales, de transición entre la caída del Imperio Romano y el Renacimiento, una época triste y oscura situada entre dos períodos luminosos.

Fue aquel un tiempo difícil para el pueblo, un pueblo sin derechos, sometido al capricho de sus señores feudales y que, en el mejor de los casos, sólo podía confiar en la posible bondad del rey de turno; si es que alguna vez ha existido alguno que fuera bondadoso.

Pero cuando observamos la actual situación de nuestra sociedad descubrimos, primero con sorpresa, después con horror, que muy poco hemos avanzado desde aquellos tiempos, incluso puede que en algún aspecto estemos aún peor.

En la Edad Media, el pueblo se hallaba sometido a los caprichos del poder, los caprichos de los señores feudales y de los reyes del momento. Un pueblo tributario de la incapacidad de sus dirigentes, de sus fastos, de sus ansias de poder y notoriedad, de su avaricia, de sus guerras, hasta de su lujuria, y cuando observamos a nuestros líderes, los señores feudales de hoy, no se puede dejar de reconocer en ellos las mismas trazas.

En aquellos tiempos se llevaba al Reino a una o muchas guerras para mayor gloria de su Señor, sin mirar ni coste de vidas, ni coste económico, y cuando en las esquilmadas arcas del reino no se encontraba otra cosa distinta que telas de araña, la solución era fácil, estrujar los bolsillos del pueblo condenándolo a la pobreza y al hambre, cuando no a muerte, y para legitimar tales comportamientos nada mejor que acudir a los patrióticos conceptos del El Interés del Reino y  La Corona y el argumento estrella, la Designación Divina. En fin, una  batería de patrañas tras las que se escondían cínicamente los más prosaicos intereses personales de unos dirigentes carentes de escrúpulos. Si el pueblo se revelaba contra tales abusos se le enviaban los sicarios, soldados y recaudadores, y unos inquisidores que, armados con hogueras, purificaban al territorio de insolidarios.

Pero cuando comparamos nuestros días con aquella época, descubrimos que casi nada ha cambiado, y que los comportamientos de nuestros dirigentes, aunque más sutiles,  siguen siendo muy parecidos a los de aquellos señores feudales de antaño. Se han abandonado a una gestión relajada, a endeudar al país muy por encima de lo que su capacidad de ingresos puede soportar, y cuando en las arcas sólo se encuentra el vacío, acuden al recurso habitual: Exprimir a los ciudadanos con los mismos argumentos patrióticos de siempre, eso sí, cambiando la Designación Divina, que ya no se lleva, por  la “legitimación” de los votos y una supuesta democracia; representada por unos partidos que se prestan a dar una apariencia de alternancia política en un sistema que más bien funciona como de partido único; pero que mientras exigen a los ciudadanos, sus vasallos, los mayores sacrificios, no han reducido ni una sola de las caras estructuras en las que se colocan y medran colegas, familiares, amigos y ellos mismos.

Mientras, a los “insolidarios” se les siguen enviado los mismos “sicarios” que antaño, aplicando normas de policía, inventando sanciones descabelladas para cualquier aparente transgresión, mientras los “inquisidores” los demonizan en los medios.

Resulta incomprensible que un país se halle en los límites de la ruina, no porque  que se hayan producido catástrofes naturales de envergadura o cualquier otro imponderable, sino por que se ha realizado una gestión nefasta de sus recursos. Si sumamos el Impuesto sobre la Renta, el Impuesto sobre el Patrimonio, el Impuesto de Sociedades, el IVA, los Impuestos Especiales, los Aranceles, el IBI, los Impuestos Municipales, las Tasas, los Peajes, en fín, todo lo que entre unas y otras Administraciones nos cobran por los mas variados motivos, más de un 70% de todo lo que genera la economía del país se extrae del sistema económico y revierte a una Administración, para la que tal ingente cantidad de recursos resulta insuficiente.

Imaginemos que una empresa pudiera obligar a todos los habitantes de su área de influencia a ser sus clientes, imaginemos que dicha empresa pudiera además incrementar los precios de sus servicios según le conviniera, imaginemos que pudiera retrasar sus pagos y que pudiera reducir el importe de los mismos unilateralmente, imaginemos que a su conveniencia pudiera dejar de prestar los servicios ya cobrados, imaginemos que pudiera cambiar las leyes para ajustarlas a sus intereses, e imaginemos que una empresa que pudiera hacer todo esto fuera encima deficitaria. Sí, resulta realmente increíble que esto pueda ser, pero es.

Esta empresa se llama Administración, de la que nadie escapa de ser cliente obligado, que sube los precios unilateralmente (incremento de impuestos a su antojo), que retrasa sus pagos (posponiendo los pagos de servicios, productos y suministros recibidos, de indemnizaciones, de extornos, etc.), que deja de prestar servicios ya cobrados (recortes en sanidad, educación, investigación, en mantenimientos, etc.), que cambian las leyes a conveniencia para pagar menos y más tarde (cambios en la normativa laboral y de pensiones para retrasar el cobro y en menor cuantía), y esta empresa tan mal gestionada, llamada Administración sigue siendo deficitaria, y sigue amenazando con nuevas medidas, revolviéndose rabiosa contra cualquiera que la cuestione y, evidentemente, sin asumir ninguna responsabilidad.

Los señores feudales de hoy siguen poniendo en cintura a sus vasallos. Bienvenidos a la Edad Media.

Aunque lo cierto es que al final no se sabe si se ha regresado a la Edad Media o si, en realidad, nunca se ha salido de ella.

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