EN BUSCA DEL DIRIGENTE PERDIDO:

Se dice que el dirigente no se adapta al cambio, lo genera. La frase queda bien, es ocurrente, pero en cualquier caso, no es al cambio a lo que hoy nos enfrentamos, si no a mucho más: Nos enfrentamos a la desaparición de un mundo y el advenimiento de otro. La realidad social y económica de hoy en día, tan distinta a la de hace unos pocos años, ha llegado para quedarse, y requiere que encontremos al dirigente adecuado, al dirigente perdido.

Hay una actitud personal ante la vida, más bien una regla de higiene mental, necesaria siempre, pero imprescindible para afrontar esta nueva realidad social, por la que debemos partir de la base de que todo lo que nos ha sucedido en el pasado, lo que hoy nos sucede y lo que nos sucederá en el futuro es nuestra responsabilidad, asumiendo que todo es única y exclusivamente culpa de nosotros mismos.

Esta actitud proactiva es la que nos permitirá afrontar las mayores desgracias, los mayores fracasos y los mayores desafíos. Ello significa que si nos ponemos enfermos, asumimos que es porque no nos hemos cuidado, que si nos engañan es por porque no hemos sido lo bastante precavidos, que si algo se estropea es porque lo hemos manejado mal, que si tenemos un accidente es porque nos ha faltado atención, que si no hemos convencido es porque nos ha faltado convicción, que si….etc.

Aunque ciertamente lo anterior no resulta cierto en multitud de ocasiones, y de ningún modo aconsejo abandonarse a una pasiva resignación, lo que sí resulta indefectiblemente cierto es que nadie, salvo uno mismo, se va preocupar lo más mínimo para evitar o solucionar nuestros problemas, ni por ayudarnos a alcanzar nuestros objetivos.

Por ello, como actitud ante la vida, partir de la base de que cualquier solución, cualquier progreso, cualquier meta que se quiera alcanzar, depende únicamente de uno mismo, no contar con que nadie más haga o deje de hacer algo, y considerarnos, al menos en una parte sustancial, responsables de los acontecimientos que nos afectan, ha sido siempre, y hoy más que nunca, condición indispensable para enfrentarnos a nuestra realidad.

No es mi objetivo, ni vendría aquí al caso, escribir un nuevo documento sobre autoayuda, pero me he atrevido a referirme a esta cuestión de actitud personal, a modo de introducción, por el paralelismo que guarda con la actitud de las organizaciones. Porque sí, todas las organizaciones, ya sean políticas, militares, sociales o económicas, o cualquier combinación de éstas, tienen una actitud que se materializa en sus dirigentes, y el tratamiento de esta actitud en poco difiere al que podemos dar a la de las personas en particular.

dirigente

En la película “El hundimiento”, sobre los últimos momentos de la Alemania nazi y de Adolf Hitler, se muestra con sumo detalle a un Hitler encerrado en su bunker, dando ordenes descabelladas, moviendo unas tropas que ya no tiene, ajeno a la realidad de su creación y, mientras todo se desmorona a su alrededor, acusa a todos los que le rodean de incompetencia, de falta de entrega y de esfuerzo, de falta de valor o directamente de traidores, sin plantearse ni si se ha equivocado en algún momento o si podía haber hecho las cosas de modo distinto.

Aunque lejos de la total carencia de humanidad de aquel y de la hediondez de sus ideas, poco hay que retroceder para encontrar ejemplos de actitudes idénticas en mucho de nuestros dirigentes políticos y económicos, artífices inconfesos de la situación económica y social que padecemos, pero incapaces de asumir otra responsabilidad que no sea la de haber confiado en alguien de varios niveles más abajo que, supuestamente, les ha traicionado, ha sido deshonesto, incompetente, etc.

Cuántos dirigentes empresariales no habremos visto aferrados a su silla mientras su organización se hunde, acusando a diestro y siniestro a todos los que les rodean, como responsables de una situación creada por sus propias instrucciones, la mayoría de las veces desaconsejadas precisamente por aquellos directivos a los que en aquel momento acusan.

Así pues, vemos que, en general, se han padecido unos dirigentes que no se sienten responsables de nada de lo que ha sucedido ni de la actual situación. Lo peor es que muchos de los que directamente han conducido al mundo a este triste destino, además de no reconocerse responsables de ello, son los que están decidiendo que sacrificios han de soportar los demás para, se supone, salir de este mal paso.

Pero olvidando la anterior digresión, y retomando la cuestión de la actitud personal que planteaba a modo de introducción, coincidiremos en que para solventarla requerimos de una actitud distinta de la que estos presentan. Nos preguntamos entonces ¿Cómo deben ser los dirigentes de hoy?

Evidentemente, en congruencia con lo hasta aquí expuesto, la primera característica que se debe exigir un dirigente es la de sentirse responsable de los resultados que se obtengan, sean buenos o malos. Porque ¿Qué sentido tiene un dirigente que sólo es responsable de los buenos resultados? Pues, por simple lógica, quien no es responsable de un mal resultado tampoco lo puede haber sido de los resultados positivos. Y al igual que un particular para avanzar y afrontar los problemas ha de tener la actitud de considerarse responsable de lo que le pasa, un dirigente sólo conseguirá la mejor gestión de su organización si mantiene esta actitud, si se siente responsable de todo lo que le acontece.

Pero adoptar esta postura conlleva necesariamente asumir otra serie de actitudes complementarias y no menos importantes.

En un mundo tan complejo, especializado y con tantos matices como el actual, donde muchos caminos se desvanecen mientras aparecen otros que hay que recorrer en solitario, sin referencias que nos guíen, nadie puede mantener la pretensión de ser conocedor de una verdad que no existe, si no que la verdad se construye día a día, en formas que ni se intuyen hasta que las tenemos delante. Por ello no es plausible esperar que los dirigentes sean una especie de gurús preclaros que conocen el camino y lo que se halla al final del mismo.

Paradoja de la experienciaPor ello el dirigente de hoy, sin referentes de un pasado del que no quedan ni los vestigios, ha de reconocer que lidia permanentemente con lo desconocido y asumir su ignorancia, por lo que ha de ser humilde y capaz de admitir que, en general, se enfrenta a lo que no sabe, por qué todo es nuevo, lo que conlleva otra característica que es la de ser líder.

Ser líder no significa ser capitán de un grupo de zombies que, ya sea por miedo, fe o carisma, siguen ciegamente las ordenes de quien les manda, bien al contrario es líder quien sabe obtener lo mejor de las capacidades de su equipo, y con las parcelas de conocimiento de cada uno componer un marco, que el líder en solitario difícilmente podría generar, sobre el que adoptar decisiones coherentes.

Vemos pues que el dirigente de hoy ha de actuar en interacción con los demás, con su equipo de colaboradores, sean o no subordinados, y con el entorno y todos aquellos a quienes afectan sus decisiones. Ello implica otra gran cualidad que ha de presentar el dirigente de hoy, que es la de ser empático. Nunca como hoy ha hecho tanta falta una cualidad tan humana en los dirigentes como la empatía, esta capacidad de tomar en consideración los sentimientos, el sufrimiento y la motivación de las personas e informar con ellas sus decisiones, en especial en un mundo en el que las referencias del pasado ya no valen y en el que cualquier idea preconcebida sobre lo que sienten los demás puede ser absolutamente errónea.

Reconozco que asumir que se sabe poco o nada de algo y tener que apoyarse en el conjunto de conocimientos de los subordinados para adoptar una decisión requiere del dirigente estar muy seguro de sí mismo y gran fortaleza ante la incertidumbre, pero la realidad es esta, porque de genios preclaros andamos tan escasos que yo no sé de ninguno y, dado que todos somos ignorantes, puestos a escoger ignorancias más vale decidirse por la propia que la de otro.

Esto nos lleva a otra característica del dirigente: El dirigente decide, no elige. Decidir supone actuar de forma congruente con la información disponible, elegir en cambio no requiere motivo, es impulso – (Se elige el color blanco o negro para el coche porque gusta, se decide el color blanco o negro para el coche según se busque que refleje más o menos luz y que dé más o menos calor) – La diferencia resulta evidente. Quien elige siempre escogerá el mismo color, quien decide escogerá el color blanco para un verano en el Sur y el color negro para el invierno en el Norte. El que sólo elige, en uno u otro momento lo pasará mal, el que decide disfrutará de la mejor opción disponible en cada momento.

Este dirigente que hoy necesitamos, ha de ser capaz de tomar decisiones, ha de ser capaz de hacer “lo que hay que hacer”, pero tiene que tener cuidado de no ser sólo práctico, pues en muchas ocasiones, la expresión “Hay que ser prácticos”, no es más que un eufemismo tras el que se esconde el más irracional egoísmo o la mayor cobardía.

Nadie cree que un ejercito conseguirá la lealtad y entrega de sus soldados si estos saben que, siendo “prácticos”, serán abandonados a su suerte cuando caigan heridos. Entonces ¿Alguien cree que una sociedad “práctica” puede avanzar abandonando por el camino a todos los que tienen dificultad para seguir?

Precisamente porque el dirigente de hoy ha de enfrentar situaciones y decisiones difíciles, ha de ser más humano que nunca, y sopesar cuidadosamente cómo afectarán sus decisiones a los demás. Las decisiones tomadas solamente con criterios “prácticos” pueden aportar buenos resultados económicos a corto plazo, pero ya hemos visto a dónde nos ha llevado esta visión cortoplacista.

La desaparición de un mundo, una nueva realidad; esto es lo que marca el perfil que necesitamos del dirigente a partir de ahora, este dirigente que asume  responsabilidades, que reconociendo su ignorancia es un líder seguro de sí mismo, humilde y empático, que afrontando la incertidumbre es capaz de tomar decisiones y que hoy, más que nunca, es humano.

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4 Comentarios

  1. Muy interesante el artículo que, por cierto, me ha sido reenviado por mi director de zona, dos niveles jerárquicos por encima del mio.

    Estoy totalmente de acuerdo en prácticamente todo lo que exiges a los dirigentes de HOY.
    Pero creo que era exactamente igual de válido para los dirigentes de cuando yo empecé a conocer este mundo a mediados del pasado siglo, como para los de hace tres o seis mil años.

    saludos

    Por épocas cambian los condicionantes tecnológicos, los económicos y los sociales, pero la condición humana permanece muy similar. Desgraciadamente.

    Voy a leer otros de tus artículos que seguro serán igual de interesantes.

    • Estimado amigo:
      Gracias por tus amables comentarios. Evidentemente te he de dar la razón cuando dices que este tipo de dirigente siempre ha sido el más válido, y seguro que coincidimos en que si antes era el más deseable, hoy es además imprescindible.

  2. Sinceramente, Gracias por compartir el artículo del cual en parte me veo reflejado al igual que a muchos colegas que hoy poseen mas cabello blanco que diplomas en la pared.
    Comparto plenamente que el equilibrio de la organización se debe dar tanto en edades como en experiencias. Y hoy quienes hace unos años apostaron solamente a un cambio Generacional-Profesional, tal vez se quedaron sin el liderazgo que dan los idóneos con su experiencia y con algunos masters desarrollados en la Universidad de los años de carrera.
    Nos desarrollamos con valores laborales fuertes en dedicación, compromiso, respeto y honestidad inalterables, que aplicados en lo diario, dá pruebas de un liderazgo que suma seguidores por convicción propia mas que por autoritarismo organizacional.
    Gracias por permitirme expresar mis pensamientos.
    Saludos, Gabriel Barenghi

    • Estimado Gabriel:

      Evidentemente, en estos últimos años de locura de “éxito”, como en tantas otras cosas, se ha perdido el Norte y así vamos.
      Malbaratar la experiencia y el conocimiento nunca ha sido un buen negocio, y los malos resultados no se han hecho esperar en perjuicio de todos.

      Un saludo cordial.

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