COVID-19: BIENVENIDOS A LA EDAD MEDIA.

La Edad Media, fue una época convulsa, de cambios radicales, de transición entre la caída del Imperio Romano y el Renacimiento, una época triste y oscura situada entre dos períodos luminosos.

Fue aquel un tiempo difícil para el pueblo, un pueblo sin derechos, sometido al capricho de sus señores feudales y que, en el mejor de los casos, sólo podía confiar en la posible bondad del rey de turno; si es que alguna vez ha existido algún rey que fuese bondadoso.

Pero hoy, inmersos en la crisis sanitaria y económica derivada del Covid-19, cuando observamos la actual situación de nuestra sociedad descubrimos, primero con sorpresa, después con horror, que muy poco hemos avanzado desde aquellos tiempos, incluso puede que en algún aspecto estemos aún peor.

En la Edad Media, el pueblo se hallaba sometido a los caprichos del poder, los caprichos de los señores feudales y de los reyes del momento; un pueblo tributario de la incapacidad de sus dirigentes, de sus fastos, de sus ansias de poder y notoriedad, de su avaricia, de sus guerras y hasta de su lujuria.

Cuando observamos a nuestros líderes en las últimas décadas, los «señores feudales» de hoy, de todas las ideologías y tendencias, ocupando todo el espectro político, no se puede dejar de reconocer en ellos las mismas trazas.

En aquellos tiempos se llevaba al reino a una o muchas guerras para mayor gloria de sus señores, sin mirar ni coste de vidas, ni coste económico, y cuando en las esquilmadas arcas del reino no se encontraba otra cosa distinta que aire, la solución era fácil, estrujar las bolsas del pueblo condenándolo a la pobreza y al hambre, cuando no a muerte.

Para legitimar tales comportamientos nada mejor que acudir a los patrióticos conceptos del «Interés del Reino« y el argumento estrella, el  Designio Divino, coartada con la que se justificaban los mayores desmanes de los dirigentes del momento.  En fin, una batería de patrañas tras las que se escondían cínicamente los más prosaicos intereses personales de unos dirigentes carentes de escrúpulos. Si el pueblo se revelaba contra tales abusos, el Estado, o sea, los mismos individuos que habían cometido los abusos, enviaba a sus sicarios, soldados y recaudadores, y unos inquisidores que, armados con hogueras, purificaban al territorio de «desalmados insolidarios».

Cuando comparamos nuestros días con aquella época, descubrimos que casi nada ha cambiado, y que los comportamientos de nuestros dirigentes, aunque más sutiles, siguen siendo muy parecidos a los de aquellos señores feudales de antaño.

Tenemos unos dirigentes que entienden que el ejercicio de su cargo ha de redundar en su propio beneficio y que tienen razón de ser por sí mismos y no para servir a una población a la que sólo consideran fuente de ingresos cuando no, una molestia con la que han de lidiar.

Dirigentes que se han abandonado, todos, a una gestión relajada, a endeudar al país muy por encima de lo que su capacidad de ingresos puede soportar, y cuando en las arcas del Estado sólo han dejado el vacío, han acudido al recurso habitual de exprimir a los ciudadanos con los mismos argumentos patrióticos de siempre, eso sí, cambiando el  Designio Divino, que ya no se lleva, por la coartada y legitimación de los votos, por nuestra supuesta libertad de elección y una supuesta democracia representada por unos partidos que se prestan a dar una apariencia de alternancia política en un sistema que más bien funciona como de partido único.

Así, mientras exigen a los ciudadanos, sus vasallos, los mayores sacrificios, nuestros dirigentes no han reducido ni una sola de las caras estructuras en las que se colocan y medran colegas, familiares, amigos y ellos mismos.

A los “insolidarios” ciudadanos se les siguen enviado los mismos «sicarios» que antaño, aplicando normas de policía, inventando sanciones descabelladas para cualquier aparente transgresión, mientras los “inquisidores” los demonizan con la ayuda de los medios de comunicación afines.

Ahora el Covid-19 lo está empeorando todo, pero resulta incomprensible que el país ya se hallara antes de la pandemia en los límites de la ruina, no porque se hayan producido catástrofes naturales de envergadura o cualquier otro imponderable, sino porque se ha realizado una gestión nefasta de sus recursos.

Si sumamos la recaudación por el Impuesto sobre la Renta, el Impuesto sobre el Patrimonio, el Impuesto de Sociedades, el IVA, los Impuestos Especiales, los Aranceles, el IBI, los Impuestos Municipales, las Tasas, los Peajes, en fin, todo lo que entre unas y otras Administraciones nos cobran por los más variados motivos, más de un 70% de todo lo que genera la economía del país se extrae del sistema económico y se revierte a una Administración para la que tal ingente cantidad de recursos resulta insuficiente y que nos obliga a pagar nuevamente por servicios que ya nos ha cobrado, como sanidad y peajes, o por rendimientos que ya han tributado anteriormente, como los impuestos sobre patrimonio o sucesiones.

La pregunta sin respuesta que acude a la mente de cualquiera que se pare a pensar un momento es evidente ¿Pero qué hacen estos individuos con el dinero?

Imaginemos que una empresa pudiera obligar a todos los habitantes de su área de influencia a ser sus clientes, imaginemos que dicha empresa pudiera además incrementar los precios de sus servicios según le conviniera, imaginemos que pudiera retrasar sus pagos y que pudiera reducir el importe de los mismos unilateralmente, imaginemos que a su conveniencia pudiera dejar de prestar los servicios ya cobrados, imaginemos que pudiera cambiar las leyes para ajustarlas a sus intereses, e imaginemos que una empresa que pudiera hacer todo esto fuera encima deficitaria. Imposible ¿No? Pues sí, resulta realmente increíble que esto pudiera ser, pero nuestros políticos han conseguido convertirlo en una dramática realidad.

Hoy «disfrutamos» de una empresa llamada Administración, tanto nacional, como autonómica o municipal, u otras, de la que nadie escapa de ser cliente obligado, que sube los precios unilateralmente (incremento de impuestos a su antojo), que retrasa sus pagos (posponiendo los pagos de servicios, productos y suministros recibidos, de indemnizaciones, de extornos, etc.), que deja de prestar servicios ya cobrados (recortes en sanidad, educación, investigación, en mantenimientos, etc.), que cambian las leyes a conveniencia para pagar menos y más tarde (cambios en la normativa laboral y de pensiones para retrasar el cobro y en menor cuantía), una empresa tan mal gestionada que, pese a lo anterior, sigue siendo deficitaria, y sigue amenazando con nuevas medidas, revolviéndose rabiosa contra cualquiera que la cuestione y, evidentemente, sin asumir ninguna responsabilidad y así, los señores feudales de hoy, siguen poniendo en cintura a sus vasallos, mientras éstos se dejen y sigan yendo a votar como obedientes corderitos, con una papeleta en una mano y un lirio en la otra.

Bienvenidos a la Edad Media, aunque lo cierto es que al final no se sabe si hemos regresado a la Edad Media o si, en realidad, nunca hemos salido de ella.

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